Una conversación termina en un texto. Como si un texto no fuese siempre una conversación, a veces interminable, de muchas voces plegadas en una voz. Resplandece así, en medio de la página, la posibilidad siempre cierta de no encontrar respuestas correctas, más que interminables recovecos de un algo incierto. Imprevisto. Un texto es siempre una calle sin salida. Y este texto, como punto de inicio, de reflexión, es dispositivo articulador. Un texto de presentación. Y también, una marca de identidad. Como la editorial de un diario, la presente reflexión demarca, y no impone. Lejos está de querer ser la única reflexión, por el contrario, pretende transformarse en una invitación. Una escritura sobre aquella otra escritura corporal, la performance.

 

Nos preguntamos por la calle. ¿Qué nos dice? ¿Qué crea? En el reverso también nos interrogamos por lo que calla, lo que omite y lo que esconde. Y que al mismo tiempo se deja ver, como sombra y memoria de su propia desaparición. Incluso es posible preguntarse (doblando el texto calle sobre sí mismo, trazando un pliegue, en un tozudo gesto de resistencia epistémica) por aquello que la calle no es capaz de callar.

 

La VIº Bienal Internacional de Performance DEFORMES 2016 propone como eje curatorial para la presente versión la calle para no callar. 

¿Qué es lo que no calla de la calle?

 

La calle es práctica. Es, ante todo, una porción de humanidad dejada a la intemperie. Biozona no racionalizada e impredecible. Su espontaneidad está, sin proponérselo, abierta a la ocupación efímera de lo que dura un acto. Presente que dura y que se agota. La calle es instante, lugar de paso, territorio táctico y no estratégico. La calle es también época y muchas épocas. Tiempos yuxtapuestos que se organizan en el devenir de un momento que se esfuma. En ella se actualizan vestigios de historias, que se cruzan en la contemporaneidad de un tiempo presente. La calle es, finalmente, múltiples cuerpos, que a su vez habitan el espacio público de infinitas maneras. Ocupación activa del espacio, construcción y creación de la calle con cada mirada, cada paso.

 

Por otra parte, la calle está normada. Es, qué duda cabe, una representación del poder. De un orden impuesto desde arriba. Este concibe la calle como un espacio reglamentado en su materialidad y en la distribución de sus espacios. Las distintas escalas que la rigen le confieren un estatuto de importancia. La escala, aquella relación de habitabilidad de un espacio que se establece entre el ciudadano, sus prácticas productivas u ociosas, y la urbanidad sensible que toda arquitectura, su inmanencia y reminiscencia, produce. Se trata, a fin de cuentas, de las dimensiones de la violencia con la que los cuerpos se enfrentan en el orden de lo sensible. Por ende, insistimos, la calle es siempre una demarcación. Sus sentidos, los flujos que la recorren, todo impone una medida de permanencia. Un tiempo, un ritmo en el que la mirada deambula. 

 

Sin embargo, las personas pueden desordenar la calle. Sustraerla de la norma. Vivirla en sus contradicciones. Señalar las divergencias. Desplegar formas alternativas de habitarla. Y cambiar los recorridos. Contradecir el sentido de sus flujos. Detener el orden de producción de sus desplazamientos, e interrumpir, clandestinaje urbano mediante, las señaléticas de lo permitido.